Didáctica de las Ciencias Naturales –Enseñar Ciencias Naturales- por Liliana Liguori y María Irene Nostre

Comentario  al artículo

 

El artículo comienza planteando  cómo la sociedad suele hacer a  los docentes responsables de los problemas del sistema educativo.  Yo estoy totalmente de acuerdo con  la afirmación. Todos los docentes sabemos que  es mayoritaria la idea de que si el niño/a va bien es porque es “muy listo”, pero en cuanto presenta algún problema, ya se suele echar la culpa de él al profesor  con las consabidas muletillas de   no sabe tratarle, o no es capaz de motivarle,  hasta la triste de  le tiene manía, y con todo, quizás en nuestras franjas de edades el problema aún no sea tan penoso, ya que no tenemos que “suspender” a los niños, como pasa por ejemplo en secundaria. Normalmente  los niños/as de educación infantil nos quieren y eso hace que los padres/madres nos profesen  también cierto aprecio, pero eso no quita que si hay algún problema, si el niño/a muestra una conducta inapropiada en algún aspecto,  sea siempre más fácil considera que  no sabemos hacerlo bien. Y es que en el fondo, la sociedad no valora nuestra profesión, como  manifiestan  los autores del artículo, en parte  porque se desprecia todo lo que no tiene un valor material. Y es verdad que este aspecto hace que en ocasiones los  docentes tengamos  la tentación de tirar la toalla. Si para la  sociedad “vivimos muy bien” (sobre todo si se trabaja en un colegio y se tienen dos meses de vacaciones), podemos tener la tentación de  vivir lo mejor posible sin preocuparnos de   hacer bien las cosas. Y ante esta situación es fundamentar reponernos con profesionalidad, pensando que quizás la sociedad como conjunto o nuestro jefe (sea un particular o el propio  Estado), no se merecen que trabajemos lo mejor que podamos, pero los niños y las niñas sí. Y ellos deben ser nuestro verdadero aliciente. Antes se decía mucho eso de que el maestro o la maestra lo debe ser por vocación.  Yo no creo eso, ni mucho menos. Creo  que la vocación  es para los curas y las monjas. Los  enseñantes debemos serlo por profesionalidad. Debemos estar convencidos de que  nuestro trabajo se dirige hacia los grupos más indefensos de la sociedad, los niños y las niñas, en una edad fundamental para  su formación y nosotros debemos ser buenos profesionales, convencidos de nuestra labor. A veces nos quejamos de que la sociedad no nos valora, pero tampoco lo hacemos nosotros, es más miramos con cierto complejo de inferioridad a  docentes de otros ámbitos como secundaria y no decir ya la universidad. Pues bien, yo estoy convencida de que nuestro trabajo es incluso más importante que el de los docentes de  la universidad. En este ámbito, si un tema se explica más, el alumno/a tiene  -o al menos debe tener- los recursos suficientes como para buscarse la vida y aprenderlo por su cuenta, pero en educación infantil no es así. El niño o niña es absolutamente dependiente de nosotros. Nuestro responsabilidad y capacidad de incidencia es mucho mayor. Por eso creo que debemos empezar por “querernos” nosotros para que la sociedad nos quiera. Debemos quitarnos el complejo de inferioridad para mirar como iguales a otros docentes y para demostrar a la sociedad  la importancia de nuestro trabajo. Creo que solo así conseguiremos alguna vez  que se valore socialmente el trabajo de los docentes, pero mientras, solo nos debe importar nuestra propia valoración. Tenemos que ser exigentes con nosotros.  Tenemos que enseñar cómo nos hubiera gustado que nos enseñaran a  nosotros. Creo que en el fondo esta es la idea a que se refieren los autores  del artículo  cuando hablan de que necesitamos modificar nuestro rol hacia niveles de mayor profesionalización.

Porque es una realidad que a la par que esta baja valoración sí existe un enorme nivel  de expectativas con respecto a un docente.  En palabras de  Liliana Liguori y María Irene Nostre, a nivel institucional debemos ser capaces de  diagnosticar  situaciones y promover alternativas, manejar el currículum con autonomía, integrarnos en equipos, identificar necesidades y evaluar críticamente nuestros resultados…En el ámbito del aula, debemos poseer no sólo saber sobras las cosas, sino también sobre las personas, siendo capaces de   estimularlas y de desarrollar sus potencialidades, siendo siempre creativos y utilizando la evaluación como una forma de retroalimentación del proceso educativo.  Todo esto a nivel general, pero además, en lo que a  la enseñanza de   las ciencias se refiere, debemos enseñarles a pensar científicamente, más allá incluso de los contenidos, haciéndoles que entiendan que la ciencia es parte  de nuestra cultura, en el sentido de que a lo largo de los siglos lo que la ciencia ha hecho  ha sido siempre un  intento de explicar los fenómenos.  Pero además, debemos ser capaces de llevar a cabo planteamientos multidisciplinares. Habitualmente un fenómeno puede tener una explicación científica, pero puede pertenecer al ámbito de otra disciplina. Si intentamos analizar por ejemplo las mezclas de colores estamos trabajando directamente contenidos científicos y plásticos. Por eso creo que es importante que  seamos capaces de inculcar a  los niños desde pequeños esta visión  multidisciplinar. Todos hemos estudiado  secundaria en los institutos y hemos visto como podíamos estar dando un tema de historia, a la vez que  otro de literatura, otro de plástica, otro de música. Podría darse el caso de que estuviéramos estudiando la misma época en todas las asignaturas, pero nosotros lo estudiábamos como saberes parciales, por lo que  no éramos capaces de plantear ese saber multidisciplinar. No éramos capaces de darnos cuenta de que estábamos estudiando las diversas manifestaciones de la historia y la cultura de un siglo dado, y que  por lo tanto existían interrelaciones entre  unos aspectos y otros. Y como todos hemos sufrido este sinsentido, ahora que tenemos niños y niñas “vírgenes” en saberes científicos tenemos que  hacerlo bien desde la base, para que ese “árbol de la ciencia” que es nuestro alumnado crezca recto, con unos  raíces sólidas que le mantengan  en la rectitud  científica. Esta es nuestra responsabilidad y este es nuestro gran reto. Nuestra profesionalidad debe hacer que lo cumplamos lo mejor que seamos capaces y para ello necesitaremos formarnos, aprender, lo más que podamos, pero también trabajar con empuje y sin ningún complejo de inferioridad.

 

GEMMA SÁNCHEZ UREÑA

3º GRUPO TARDE – MÓSTOLES

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