Más bajito por favor.

Cuento: “Más bajito por favor”.

Edad recomendada: A partir de 5 años.

Era una mañana soleada cuando todos los niños acudían a la Escuela alborotados. Tomasín caminaba despacito y en silencio; le gustaba escuchar sus pasitos y su respiración. A medida que se acercaban, se iba poniendo más y más nervioso debido al jaleo que existía. Ya en clase, estaba contento de ver a sus compañeros, se divertía mucho, y quería mucho a su profesora, aunque no le gustaba que tuviera que gritar tanto para decir cualquier cosa. Él se daba cuenta, quizá por ser un poco callado, que el ruido le hacía enfadar; ya no podía escuchar su respiración y sus pasitos, ¡ni siquiera lo que estaba pensando! Se le ocurrió pedir educadamente a todos sus compañeros que hablaran con menos volumen:

Más bajito por favor, pidió; pero su esfuerzo fue en vano.

Pensó en decírselo a la profesora, ya que al ser ella quien mandaba, todos la harían caso. La profesora le felicitó, se lo comunicó a la clase y durante algún tiempo “reinó el silencio” en el aula, pero el bullicio fue en aumento hasta volver al griterío. Tomasín se apenó. Era un niño demasiado tímido como para recordar a la profesora lo hablado. Y así se fue a casa, con “el corazón encogido en su pecho” y un enfado terrible. Su mamá no pudo sacarle ni una sola palabra (él la quería mucho, pero consideraba que no podía ayudarlo con esa situación).

Tras merendar, sonó el timbre de su casa. ¡Era su tío Claudio! Tal vez él le pudiera ayudar. Claudio estudiaba en la Universidad y le encantaba la música. Le contó lo sucedido y éste sugirió poner música relajante bajita de fondo en el aula. En principio parecía buena idea, pero la profesora era muy olvidadiza y ruidosa, con lo que tuvieron que pensar en algo distinto.

Pensaron y pensaron, pero nada se les ocurría. Decidieron dar una vuelta para despejarse pero tras varias malas ideas, pronto volvieron a estar repensando en silencio. Llegados a un paso de cebra, en el que esperaban que el semáforo se pusiera en verde para cruzar, algo les sacó de su ensoñación. Un coche había dado un frenazo. A Tomasín se le iluminó la cara. Ya lo tenía.

– ¡Necesito un semáforo en mi clase tío!

– ¿Cómo?

– ¡Sí! El rojo prohibido hablar porque ya hay mucho ruido, el naranja cuidado que estamos hablando alto y el verde seguimos así; en bajito o en silencio.

Su tío sonrió y se entusiasmó. Se sentía muy orgulloso de su sobrino. Al estar estudiando el Grado de Ingeniería de sonido e imagen no tardó en diseñar el mencionado semáforo. Lo probaron en casa de Tomasín con resultados excelentes. Hasta incorporó el sonido de un frenazo cuando se pasaba del ámbar al rojo para avisar a la gente de que era conveniente moderar el volumen. Sólo faltaba probarlo en clase. Solicitó una entrevista con el Director y la Tutora en el que expuso su “Proyecto Semáforo”. La idea gustó. El Director era un hombre valiente, y decidió probarlo en la clase de Tomasín; la clase de las Golondrinas.

Y llegó el gran día. Tomasín fue el primero en llegar a clase. La profesora se disculpó con él por no haber sabido hacer lo más conveniente en el aula. El pequeño la abrazó y la besó. También la dijo: – Recuerde señorita: Shhh.  Ambos rieron, hasta tal punto que casi consiguen poner el semáforo en ámbar.

Cuando entraron el resto de alumnos, la profesora les explicó con detalle la novedad. Todos estaban asombrados. Al principio todos hablaban bajito, pero era cuestión de tiempo que saltara el rojo. Y vaya si saltó. Toda la clase enmudeció al escuchar el frenazo que les indicaba que se había alcanzado el color rojo. Y funcionó. Hasta su mejor amiga, Rosalía propuso cambiar el nombre de la clase. De esta manera comenzaron a llamarse “Las Golondrinas silenciosas”.  Y así, todas las clases incorporaron un “Semáforo Claudio” en sus aulas.

Pasaron los años y Tomás pasó una mañana por el cruce donde tuvo su genial idea. Los padres acompañaban a sus hijos para llevarlos al colegio. Había mucha gente. Sin embargo, se escuchaban mucho los coches. Se dio cuenta de que hablaban más bajito. Se sintió tremendamente feliz. Cuando cruzaba el paso de peatones pudo volver a escuchar sus pasos y su respiración. Y sonrió.

Tomasín

Explicación científica:

El oído humano capta las vibraciones que se producen en el aire mediante (en líneas generales),  el tímpano, la cadena de huesecillos, la cóclea y el nervio auditivo, transformando la energía mecánica (es decir, el movimiento) en señales eléctricas que interpreta nuestro cerebro. Por eso escuchamos.

En cuanto al semáforo del cuento, basta con conectar y asociar una señal acústica a una señal luminosa, y así, “veremos el sonido”.

La intensidad del sonido (el volumen  amplitud de onda) se suele medir en decibelios (dB). Oímos entre intensidades de10 a 120 dB. Se considera que a partir de los 85 dB de manera continuada, se pueden producir daños en el oído (en nuestras ciudades oscila entre los 80 y los 100 dB). A partir de 120-140 dB se produce dolor y pérdidas irreversibles de sentido auditivo. También van asociados las pérdidas de sueño, falta de concentración, mal humor, problemas en la comunicación o incluso problemas psicológicos.

Autor: Omar Compostela Paramio.

Referencias:  http://www.ojocientifico.com/

Apuntes de la asignatura de Desarrollo Cognitivo y Lingüístico, Profesora Doctora. Elena Battaner Moro, 2º curso del Grado en Educación Infantil, Universidad Rey Juan Carlos.

Idea original extraída del modelo finlandés de Educación, observable en el programa “Salvados” de la Sexta, emitido el día 3 de Diciembre de 2012.

 

 

 

 

 

 

 

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