Leo y la máquina del tiempo

Una soleada mañana de Mayo, en el colegio Los Planetas, iban llegando los niños del último curso de infantil. A medida que iban entrando en el aula dejaban sus cosas y se iban sentando en el tapiz para comenzar la asamblea.

Ese día, la profesora Marta les propuso un tema que daría mucho que hablar, el invento de la máquina del tiempo. Esta les preguntó qué sabían acerca de ella y si alguna vez la habían visto. Ningún niño sabía mucho sobre de ella, excepto uno, Leo. Mientras todos se preguntaban qué era ese aparato tan raro, Leo les respondió, ya que casualmente su padre era científico y  le había oído hablar sobre esto.

La profesora comenzó a hablar sobre el uso que tenía esta máquina, e incluso se le ocurrió bromear con que ella había viajado a la edad de Piedra, y que allí vio cómo vivían los neandertales, así como los utensilios que usaban para comer o para cazar. Esto no quedó así, ya que Leo se interesó bastante por la anécdota que había contado su profesora Marta. Al llegar a casa, Leo fue a contárselo corriendo a su padre y este, muy sorprendido, le contó que las máquinas del tiempo no existían. El pequeño Leo se quedó muy entristecido, porque se creía que su padre también había visto una de estas máquinas.

Esa noche, mientras Leo dormía, escuchó unos ruidos un tanto extraños, los cuales le dirigieron hacia el sótano de su casa. Al llegar a la puerta, con cierto temor decidió abrirla, aprovechando un descuido de su padre, ya que no le dejaban bajar allí por su seguridad. Cuando se adentró en el oscuro sótano, intentó averiguar de dónde procedía ese ruido tan raro que había escuchado. Tras unos minutos sin parar de buscar… ¡ALLÍ ESTABA!, la máquina del tiempo con la que él había soñado.

Cuando exploró por un buen rato, Leo comenzó a presionar todos los botones que veía en la máquina, de pronto empezaron a sonar los ruidos que le habían despertado. Al cabo de unos segundos, una puerta se abrió y Leo decidió introducirse en la máquina, pero no sin antes coger su valiosa cámara de fotos. Sin pensárselo dos veces, el niño cerró los ojos muy fuertes y concentrándose pensó en lo que habían hablado en clase, es decir, La edad de Piedra. Cuando menos se lo esperó, Leo se había teletransportado a esa época.

Mirando a su alrededor, observó que nada era como su ciudad, ya que allí solo había cuevas, árboles, y algún que otro animal que él no conocía. Leo vio una cueva muy grande, y sin ningún miedo entró en ella, vio que las paredes estaban llenas de dibujos, pero no reconocía nada que estuviera escrito, solo había representadas personas con lanzas y grandes animales. Además, se percató de que en algunos dibujos había algo parecido al fuego. Cuando salió de la cueva, se encontró de frente con un niño que parecía de su edad y el cual hablaba de una manera muy rara, haciendo ruidos muy fuertes.

El pequeño Leo se asustó, pero recordó todo lo que le había contado su profesora. Por ese motivo decidió seguirle e investigar un poco más acerca de aquella época. Leo fue fotografiando todo lo que iba viendo a su alrededor, el fuego, las cuevas, las pinturas en las paredes, al niño neandertal, los utensilios de piedra que utilizaban para cazar… Estos últimos se componían de lanzas con puntas de piedra, arcos… gracias a los cuales aquellas personas podían cazar, pescar y recolectar frutos.  Lo que había contado su profesora en clase era cierto y miraba todo aquello con asombro. No olvidó que ese período se dividía en tres etapas, que aunque le costó recordar consiguió ordenar en su cabeza: El Paleolítico, el Mesolítico y el Neolítico.

Muy contento y pensando que había hecho un gran descubrimiento, se dirigió de nuevo a la máquina del tiempo para volver a su casa.  Cuando llegó a casa ya era la hora de ir al colegio. Leo cogió sus cosas y caminó hasta allí. Una vez llegó, Leo enseñó a sus compañeros y a su profesora lo que había sucedido esa noche. Todos quedaron muy sorprendidos, algunos le creían y otros no, pero Leo tenía la gran satisfacción de haber realizado una gran aventura.

Y colorín colorado este cuento se ha acabado, y colorín colorete, por la máquina del tiempo sale un cohete.

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